Publicado el jun. 2026
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La creatividad ha sido durante mucho tiempo un valor fundamental de las universidades, visible en resultados científicos como publicaciones, docencia, transferencia de conocimiento y empresas derivadas. Sin embargo, las condiciones en las que se generan y valoran estos resultados están cambiando. En un contexto de inestabilidad geopolítica, restricciones financieras cada vez más estrictas y un creciente escepticismo social hacia la ciencia, las universidades ya no pueden ser juzgadas únicamente por lo que producen, sino por su capacidad de renovación.
Por lo tanto, la creatividad ya no puede tratarse como un subproducto y debe fomentarse activamente. Sin embargo, la creatividad no surge por casualidad; está moldeada —o limitada— por las condiciones institucionales que, con demasiada frecuencia, siguen definidas por estructuras de gobernanza rígidas, métricas de rendimiento estrechas y lógicas organizativas fragmentadas.
Abordar este reto requiere algo más que una reforma incremental. Exige una perspectiva sistémica que se aborde mejor mediante un enfoque multinivel que alinee a las personas, las instituciones y los ecosistemas regionales para permitir que las universidades traduzcan el potencial creativo en innovación sostenida.
El nivel individual: reconocer y desarrollar el potencial.
En primer lugar, la creatividad tiene su origen en las personas y en su capacidad para generar nuevas ideas y perspectivas. Esta capacidad, que se entiende mejor como potencial, evoluciona con el tiempo y no puede captarse plenamente solo a partir del rendimiento pasado. Por lo tanto, los procesos de selección y desarrollo profesional deben orientarse hacia la identificación de cualidades que permitan futuras contribuciones.
En este contexto, Claudio Fernández-Aráoz sostiene en su artículo «21st-Century Talent Spotting» que el primer indicador es el tipo adecuado de motivación, definida como un fuerte compromiso con la consecución de objetivos más allá del interés propio. Además, existen otras cuatro dimensiones a la hora de identificar a personas de alto potencial: curiosidad, perspicacia, compromiso y determinación. Estos rasgos son especialmente relevantes en entornos de investigación complejos, donde la innovación depende menos del conocimiento acumulado que de la capacidad de lidiar con la incertidumbre, integrar perspectivas y mantener el esfuerzo.
Esta perspectiva está configurando cada vez más los sistemas de contratación académica europeos, que tradicionalmente se han basado en la antigüedad y el mérito. Universidades como la ETH de Zúrich y la Universidad Técnica de Múnich fueron de las primeras instituciones en sus respectivos países en introducir sistemas de carrera docente que hacen hincapié en la independencia temprana y el potencial futuro. Además, organizaciones de investigación como la Sociedad Max Planck y el Laboratorio Europeo de Biología Molecular ofrecen modelos de jefes de grupo que proporcionan a los investigadores en los inicios de su carrera autonomía y los recursos necesarios para desarrollar ideas audaces.
Sin embargo, detectar y fomentar el potencial individual por sí solo no es suficiente. Sin entornos propicios, ni siquiera las personas altamente capacitadas pueden desarrollar plenamente su capacidad creativa. Esto desplaza la atención hacia el nivel institucional.
El nivel institucional: las universidades como facilitadoras.
Para potenciar la creatividad, las universidades deben redefinir su papel, pasando de ser evaluadoras del rendimiento a facilitadoras del potencial. Esto requiere armonizar la cultura y la gobernanza.
Una cultura institucional de apoyo es la base. Fomenta la experimentación, tolera el fracaso y valora las perspectivas diversas, al tiempo que da prioridad al desarrollo de capacidades a largo plazo frente a los indicadores a corto plazo. El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) ejemplifica esto a través de su enfoque de «sandbox» de larga data, como el MIT Media Lab y el Programa de Oportunidades de Investigación para Estudiantes Universitarios, o UROP, que facilitan entornos de investigación exploratoria. De manera similar, la Universidad de Aalto integra la cocreación en su esencia a través de plataformas interdisciplinarias como la Design Factory. En todos estos ejemplos, considerados modelos a seguir por numerosas universidades, surge un principio común: la creatividad prospera cuando las instituciones reducen activamente las barreras a la colaboración y la exploración.
Este principio también debe reflejarse en la gobernanza y la estructura. Los mecanismos de financiación y los diseños organizativos flexibles son esenciales para apoyar el trabajo interdisciplinario y la asunción calculada de riesgos. Iniciativas tempranas de la Universidad de Stanford, como Bio-X y el Instituto de Stanford para la IA Centrada en el Ser Humano (HAI) demuestran cómo las estructuras interdisciplinarias específicas pueden traspasar las fronteras tradicionales y alinear la investigación con retos sociales más amplios.
Sin embargo, ni siquiera las instituciones bien alineadas pueden desarrollar plenamente la creatividad de forma aislada. Su impacto depende de la eficacia con la que estén integradas y conectadas con sus entornos circundantes.
El nivel regional: conectar el potencial con el lugar.
Las universidades deben darse cuenta de que son parte integral de los ecosistemas regionales. Su capacidad para traducir la creatividad en valor social y económico depende de conexiones sólidas con la industria, la política y la sociedad civil. Una participación regional eficaz comienza por alinear las fortalezas institucionales con las prioridades regionales. La colaboración basada en la confianza permite el intercambio de conocimientos, apoya el espíritu emprendedor y crea vías para generar impacto. Esto es particularmente importante para las regiones fuera de los grandes centros metropolitanos, donde las universidades pueden actuar como pilares de la transformación al vincular la experiencia académica con el desarrollo local.
Sin embargo, estos ecosistemas se enfrentan a menudo a limitaciones estructurales. Los sistemas de financiación suelen dar prioridad a la excelencia individual o institucional, descuidando los espacios intermedios donde tienen lugar la colaboración y la transferencia. Como resultado, las condiciones necesarias para que se produzcan efectos creativos sostenidos siguen sin estar suficientemente desarrolladas. Las inversiones específicas y basadas en el territorio pueden ayudar a subsanar esta brecha. En Alemania, la Fundación Dieter Schwarz muestra cómo el compromiso regional a largo plazo en el Bildungscampus de Heilbronn puede fortalecer los ecosistemas de innovación al conectar la educación, la investigación y el desarrollo económico.
Estos enfoques ponen de relieve un punto crucial: la creatividad alcanza su pleno potencial cuando las capacidades individuales y los marcos institucionales se vinculan de manera efectiva a los contextos regionales.
Romper barreras: superar las limitaciones sistémicas.
Fomentar la creatividad en la educación superior requiere una alineación entre tres niveles interconectados: individuos, instituciones y ecosistemas regionales. Cada nivel proporciona condiciones necesarias, pero no suficientes. Solo la interacción permite que surja una creatividad sostenida.
Una perspectiva multinivel no es una solución rápida, pero ofrece una forma estructurada de abordar la fragmentación. Adoptar este enfoque puede reposicionar a las universidades como actores integradores, vinculando el talento, las estructuras y los entornos en sistemas coherentes de innovación.
En última instancia, la creatividad se convierte no solo en un resultado, sino en una capacidad cultivada deliberadamente a través de la alineación de personas, organizaciones y lugares.